Ike Alardent
El mestizo se despertó sin abrir los ojos, llevándose las manos a la cabeza aturdido. No recordaba nada de la noche anterior aunque probablemente dijera en algún punto de esta que fue una noche inolvidable.
Bostezó amargamente y abrió un poco los ojos aún con legañas. "Bueno, al menos he dormido en una cama. Y bastante cómoda, a decir verdad" - Pensó al verse entre las cuatro paredes de lo que parecía ser un hostal. A su lado en la cama descansaba una figura humana de melena rubia y patillas marcadas; Fergus.
Ike aún estaba recomponiéndose y después de bostezar varias veces durante un buen rato decidió levantarse de la cama y vestirse, empezando por su muy querida chaqueta de cuero roja.
Antes de salir por la puerta de la habitación, echó la vista atrás, hacia el hombre en la cama que seguía durmiendo plácidamente soltando de vez en cuando algún sonido inaudible. El mestizo sonrió y echó a andar.
El brillo del Sol alumbraba los verdes bosques de Elwynn. Aún no eran las ocho de la mañana y sin embargo el frío de otoño se abría paso entre los destellos de luz por lo cual solo los valientes se atrevían a salir de paseo. Los valientes y los trabajadores, claro. Ike era uno de los primeros, que después de salir del hostal en Villadorada se dirigió hacia la magnánima ciudad de Ventormenta.
El camino estaba pavimentado con piedras blancas y grises, todas uniformes y colocadas a conciencia. Era sencillo de recorrer y no tenía pérdida, pues era prácticamente una línea recta y los imponentes muros de la ciudad se divisaban pronto. Sin embargo el mestizo decidió alejarse del camino principal y disfrutar de la naturaleza del paisaje, desviándose hacia el interior del bosque.
El otoño hacía que las ardillas empezaran a reunir recursos para el invierno. Las hojas caducas ya tenían un amarronado color y en cualquier ventada los árboles se desharían de ellas. El mestizo disfrutaba estando en ese lugar; siempre fue un semielfo dado a las escapadas hacia la naturaleza. No obstante su momento de tranquilidad se vio atacado cuando una flecha voló muy cerca de él, clavándose en el tronco de un árbol.
De entre los arbustos asomó un bandido con una ballesta seguido de dos más con burdos palos con pinchos. Ike se tomó el poco tiempo que tenía a mano para pensar en una estrategia óptima; él sabía que el tirador tardaría mucho en recargar la ballesta, que no era automática, por lo que gozaba de varios segundos para acabar con los otros dos hombres.
Los forajidos se lanzaron a por él al unísono mientras que el tirador recargaba. Ike llevó sus manos rápidamente hasta su espada y la desenvainó parando por poco y justo a tiempo uno de los palos. El restante, sin embargo, se abalanzaba hacia él peligrosamente hasta que, con un sencillo conjuro, Ike consiguió derretir el arma mediante magia de fuego.
El bandido desarmado parpadeó incrédulo y se echó hacia atrás. Eso le dio tiempo al mestizo para terminar con el enemigo más cercano, usando su cadáver como escudo humano justo a tiempo para protegerse del virote que volvía a volar hacia su posición.
El semielfo no gustaba de usar la magia a no ser que fuera extremadamente necesario, así que continuó el combate con tan solo el uso de su espada y daga. Eso fue suficiente para terminarlo, pues la moral de los bandoleros era bastante baja y cuando se vieron superados prefirieron rendirse y salir corriendo.
“Eso ha estado cerca” pensó Ike mientras se secaba el sudor de la frente. Se recolocó el cuello de la chaqueta como de costumbre y revisó que no hubieran más bandidos por la zona. Y aunque ese combate fue suficiente para alejarlos de la zona, no se acababa de fiar.
Alargó el brazo para coger una baya azul y se la llevó a la boca masticando mientras reflexionaba. El tiempo que le quedaba en Ventormenta se le acababa y aún no había encontrado a un cartógrafo lo suficientemente competente para hacerse con un mapa de Uldum. Pero él sabía que lo encontraría o, de lo contrario, su orgullo se vería herido. Prometió adueñarse de uno y así lo haría.
Una hoja cayó justo delante de sus ojos mientras engullía la baya. Se acercaba el invierno y Ike sonrió sabiendo que para viajar al desierto era recomendable hacerlo en esos meses. A pedir de boca.
Tomando otra dulce baya del bosque, el semielfo se enfiló de nuevo hacia el sendero capital.
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Ikarion Alardent se encontraba en Villa Oscura por primera vez. La oscuridad del lugar no gustó al semielfo que, desde el primer momento, se quedó bastante cerca de la taberna. Se sentó justo en la piedra de la fuente y allí empezó a tocar su antigua flauta de madera con soplos suaves y armoniosos. Mientras tapaba los agujeros del instrumento, el mestizo observaba curioso los habitantes del lugar; supersticiosos y desconfiados, la mayoría parecían sacados de una novela de terror.
Una chica le llamó la atención y rápidamente se percató de que no era de por allí; de cabello anaranjado y brillante, de ojos verdes como la primavera, acento gilneano y armadura oscura en contraste con su cabello. Esta le devolvió la mirada pero, nada más lejos de la realidad, la chica ya estaba hablando con otro hombre y bebía de su jarra apoyada en el marco de la puerta. Ike volvió a centrarse en el instrumento como pasatiempo pero a los pocos minutos el hombre con el que hablaba la mujer se marchó del lugar y en ese entonces la mujer fatal se acercó al semielfo a paso lento y acorde con las notas de la flauta.
- Necesito de vuestra ayuda, apuesto caballero -susurró en un suspiro.
Ike arqueó ambas cejas y cesó de tocar para alzar la vista hacia la mujer, algo más alta que él. Sonrió y preguntó en qué podía ayudarla.
- Veréis. Quieren matarme, no tengo a dónde ni a quién acudir y probablemente no pueda defenderme sola...- se acercó un tanto más a él dejando al semielfo notar su fragancia cítrica y anaranjada. Era una mujer de porte rudo a la par que elegante. Su musculatura hacía dudar a Ike sobre su indefensión pero dispuesto a echar una mano accedió a acompañar a la mujer a un lugar más alejado.
La mujer se hacía llamar Alexandra y aseguraba que un grupo de criminales conocido como "La Corporación" le seguía la pista desde hacía varias semanas. Según ella no sabía el porqué, pero Ike tenía las sospechas de que ella era igual de maleante que el grupo criminal que la perseguía. Aún así, el aún joven e ingenuo semielfo no pudo resistirse a los encantos de la mujer que rápidamente lo envolvió en una espiral de misterio y violencia.
Después de un beso sucedió lo inevitable: una dupla de asesinos a sueldo encapuchados aparecieron desde una colina cercana disparando flechas. El mestizo dudó de si obró bien pero ahora ya no tenía elección y se preparó para el combate alejándose y cubriéndose detrás de unas rocas. Alexandra desapareció del lugar y eso dejó a Ike en una situación desventajosa y sintiéndose traicionado.
El combate se alargó durante varios y largos minutos que precedieron a un final explosivo: Ike estuvo en más de una ocasión al borde de la muerte y ya se encontraba cojo y malherido. Cuando menos se lo esperó y la esperanza empezaba a abandonarle, una bestia peluda saltó desde detrás de un árbol para arrancar la cabeza de uno de los asesinos a cuajo. El otro combatió durante unos segundos pero, viéndose en desventaja, terminó huyendo no sin antes dejar caer una carta al suelo:
"Agosto del año 29 D.P
Villa Oscura, Bosque del Ocaso.
Destinatario: Derek Manosucia
Objetivo: Alexandra Warwick."
El semielfo arqueó ambas cejas al reconocer en la bestia los ojos verdes de Alexandra y el cabello ahora amarronado y anaranjado. Le tendió la carta a la huargen y una vez la hubo leído y esta no tardo en hacerla trizas, destripándola con las zarpas. Alexandra sangraba por el brazo de algún ataque a traición, pero no parecía importarle. Se lamió las heridas mirando al semielfo y éste sonrió ampliamente, intrigado por la criatura.
Después de tratarse ambos las heridas superficiales e imaginando que el peligro había pasado se dirigieron a la taberna. Ike iba cojeando y tenía la mano izquierda un poco dolida, pero se encontraba bien. Allí en la taberna compartió una conversación con Alexandra que se basó principalmente en aprender sobre su aspecto lobuno.
- Soy gilneana. Antes, hubo un tiempo en mi tierra en la que esas bestias feroces conocidas como ferales atacaban a la población. Invocados por un mago oscuro, esos monstruos hicieron que parte de la población se transformara paulatinamente en iguales. Los Kaldorei por suerte nos ayudaron y nos hicieron beber de unos pozos mágicos. Desde entonces podemos controlar nuestra forma y nos autodenominamos huargen. -dijo después de dar un largo trago a la jarra de cerveza. Ike se dio cuenta entonces de que Alexandra no era tan refinada como parecía ser. Sonrió ampliamente con la palabra "huargen" y bebió también; a esa pregunta la siguieron otra docena y muchas más cervezas.
La noche se volvió borrosa bastante más pronto de lo que el semielfo esperaba.
A la mañana siguiente Ike abrió los ojos. Su frente estaba empapada en sudor y recordó haber tenido pesadillas y haberse despertado en más de una ocasión con calor, pero no recordaba los detalles. Miró a lado y lado y se encontró en una cama de matrimonio ahora ya vacía. Entrecerró los ojos y olisqueó el aire para encontrar en él la esencia y aroma de Alexandra justo en el lado vacío de la cama. A Ike le pareció que tenía el olfato más fino de lo habitual, pero dio por hecho que se trataba de algo normal.
No fue hasta que quiso levantarse que lo vio claro. Sus brazos eran más anchos de lo habitual y con una gran mata de pelo alrededor. Sus uñas eran ahora horribles garras y, sus piernas, patas. El semielfo no quiso, pero gruñó. El sonido era más cercano al de un animal que al de un hombre. Se relamió los labios para notar en ellos un sabor a hierro.
Terminó por levantarse y acercarse al espejo de la habitación. Allí se encontró con una figura tan irreconocible como familiar; sus ojos azules brillaban intensamente y su nariz era ahora un hocico largo y grueso que albergaba debajo unas enormes y afiladas fauces. Sus orejas eran más grandes aún de lo normal y se agitaban hacia el ruido de la taberna.
Se había transformado en un huargen.